Visita a los fuertes de Gingee

Desde hace más de una semana, una asociación de estudiantes de la universidad nos venía
avisando a los estudiantes extranjeros de que querían organizar un viaje a Gingee. Esta
asociación (IPals), se dedica a varias cosas, pero una de ellas es hacer que los estudiantes
extranjeros nos sintamos a gusto y conozcamos la India. No sin problemas, fueron organizando el viaje y al final la fecha decidida fue el 6 de febrero (ayer).

Gingee es una pequeña ciudad a 3 horas en autobús de Madras que está rodeada de algunas montañas con fuertes antiguos en lo alto. A esos fuertes, obviamente, hay que subir andando.

Así que nada, ayer me levanté a las 6 de la mañana (1:30 de España, muchos de vosotros no os habíais acostado aún), me olvidé la bufanda del Betis en mi cuarto, cogí el autobús y pusimos rumbo a ese sitio, con la intención de conocer un poco más la India, pues hasta ahora he visto bastante menos cosas de las que me gustaría.

Como siempre, más de media hora para salir de la ciudad, pues es enorme y las calles no son de lo mejor, y una vez en la carretera a conocer la India.

Mi anterior viaje (a Puducherry) fue todo el rato cerca de la costa, por lo que no pude ver
demasiado campo, pero en este sí que me harté: 3 horas de verde, plantaciones de arroz y
naturaleza. Y aunque no hubiese ninguna ciudad grande durante el camino, casas casi
continuamente. En este país creo que no hay más de 1 kilómetro seguido sin urbanizar. Los vídeos que hice desde la ventana del autobús hablan por sí solos. Vacas, peatones cruzando, bicicletas, adelantamientos peligrosos, pitidos y hasta un hombre vendiendo periódicos en pleno peaje.

A mitad de camino nos paramos para desayunar en un restaurante de carretera, ¿problema? Creo que todo era comida vegetariana. Por mucho esfuerzo que hagan los indios en general para hacernos sentir bien (que lo hacen, pues son de lo más entregados) hay cosas para las que adaptarse es muy difícil, y la comida es una de ellas, sobre todo cuando es vegetariana… digamos que no me voy a encontrar del todo bien durante unos días después de ese desayuno y de otras comidas de días anteriores.

¿Y una vez llegamos a Gingee? Pues nos deja el autobús en medio de la carretera, al lado de la entrada de uno de los fuertes, y nos disponemos a entrar. Tuvimos que esperar un rato, pues para que saliera más barato, todos los que estábamos teníamos que apuntar nuestros nombres y demostrar que éramos estudiantes. Durante la espera, unos niños de excursión estaban al lado nuestra, y claro, lo de siempre… los europeos más blanquitos de mi grupo (entre los cuales nunca estoy incluido) tuvieron que posar para fotos con los niños, asombrados de ver pelo rubio, piel clara etc…

Tras esto, empezamos a subir la montaña por unas escaleras de varios siglos de antigüedad. Obviamente, los escalones eran muy irregulares y hechos con la roca de la montaña, de repente estrechos, de repente anchos, resbaladizos… es decir, la subida cansaba, pero solo por las vistas y las risas que te echas con todos los que me acompañaban merece la pena.

A mitad de camino te encontrabas con pequeñas edificaciones, como arcos o templetes, y muchas veces era posible salirse de las escaleras y empezar a escalar por las rocas cercanas

 

Y, cuando al fin llegamos arriba, el fuerte:

Estuvimos un buen rato arriba, había algunos turistas indios y occidentales más, pero en
general podías estar tranquilo pues el recinto era grande; y cuando tuvimos que irnos (para ir a ver otro de los fuertes) pudimos ver lo que nunca falta en la India: monos. ¡Cuidado que roban!

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Fuimos en autobús a comprar el almuerzo, y como el siguiente fuerte que íbamos a ver cerraba pronto, pues nos llevamos el almuerzo allí y nos lo tomamos al pie de esa otra montaña, en el césped. Por ser estudiantes nos volvieron a cobrar el mismo precio que a los indios, porque si no…

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Antes de almorzar, y dentro del recinto monumental, varias ruinas, entre ellas un estanque con una especie de claustro exterior, típico indio. Ahí fui el único que bajó al nivel del estanque (sin tocar el agua, que no estaba nada limpia) pero tuve que irme cuando un mono decidió no dejar de seguirme mientras miraba sospechosamente mi móvil. Tras esto, fuimos a almorzar.

Este fue sin duda uno de los momentos del día que recordaré siempre. Había más grupos
almorzando alrededor nuestra, la mayoría familias indias, y todos sentados en forma de círculo bien cerrado. ¿Para que todos estuviesen en la conversación y pudiesen verse las caras? Pues en parte sí, pero el motivo principal no era ese, sino evitar que los monos (y algunos perros) robasen la comida. La familia más cercana a la nuestra, incluso tenían palos para amenazar o golpear al que les intentase robar la comida. Aquí el tema del maltrato animal no es como en Europa, pero en el fondo lo entiendo… porque continuamente comparten espacio con animales por la calle (monos, perros, gatos, cabras y vacas), y estos no son muy respetuosos con las propiedades ajenas, la verdad. En algunos momentos, si algún mono o perro se acercaba a un grupo, empezabas a escuchar los gritos de las personas de ese grupo para asustar al animal, hasta que un perro que no se separaba de nosotros decidió “ayudarnos” y se dedicó él mismo a asustar a los monos, por lo que a partir de ese momento dejamos que el perro merodease cerca.

¿Y cómo acabó este almuerzo? Pues bien, una imagen vale más que mil palabras, y un vídeo ni os cuento.

Dejamos el césped, tiramos la basura (con cuidado, para que ninguno de los monos que rebuscaban en ella nos atacase o mordiese) y subimos a este segundo fuerte. ¿El primero tenía una subida larga? No tanto, unos 300 escalones si mal no recuerdo. Pero este tenía nada más y nada menos que 1500, e iba alternando la subida con ocasionales bajadas o senderos de arena. Eso sí, muy bonito todo, pues no solo volvíamos a ver el valle desde lo alto, sino que en ocasiones el camino iba entre árboles y te encontrabas con pequeños templos indios allí donde menos te lo esperabas.

Cuando llegamos arriba del todo, edificios de piedra bastante bien conservados para lo antiguo que eran, monos (uno de ellos estuvo a punto de robarnos una mochila) y pude comprobar que mis compañeros son un poquito temerarios.

Después de todo esto, cogimos de nuevo el autobús, echamos media hora o así en un lago con las típicas escaleras indias que te llevan desde arriba hasta el agua y volvimos a Madras, que a las 00:00 de la noche le teníamos preparada una sorpresa por su cumpleaños a una belga:
¡Felicidades Evi!

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